Soy soldado…soy homosexual

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En el armario de las Fuerzas Armadas hay demasiados uniformes
11 abr 2015
Público
Teniente Luis Gonzalo Segura

Es un tema tabú el de la homosexualidad en las Fuerzas Armadas y, quizás, sea un ejemplo de la situación en la que se encuentran ya que en el trato hacia los homosexuales se puede percibir con claridad que el machismo y el clasismo siguen plenamente vigentes, pero también la existencia de una disfunción ideológica entre los mandos y el resto de los militares.
Por un lado, hay una enorme cantidad de lesbianas entre las mujeres, lo que es aceptado con una singular normalidad. Este hecho creo que resulta sorprendente en el seno de instituciones como las Fuerzas Armadas o la Guardia Civil, al menos desde la perspectiva de una mayoría de los ciudadanos que no se imaginarían tal aceptación. Se supone que el motivo de la misma es porque una lesbiana es una machorra y dicho perfil es aceptado como óptimo por los altos mandos, siempre que sea tropa claro. Si hablamos de un suboficial o un oficial, la cuestión es bien diferente pues lo de no ser heterosexual en esos niveles son palabras mayores. Así, las lesbianas que son soldados viven su sexualidad de forma (más o menos) abierta pero aquellas que son oficiales lo esconden porque saben que serían repudiadas por sus compañeros, en su mayoría conservadores.
En cuanto a los hombres, un homosexual es una maricona y está mal visto se mire como se mire, y a mayor graduación, mayor es el rechazo. Por ello, los gais llevan su sexualidad de forma furtiva, lo que no deja de ser un contraste con las lesbianas, aunque se supone que este lamentable hecho encaja mejor en el prototipo de mentalidad que la mayoría asociaríamos a la cúpula militar.
Creo que resulta evidente que existe una disfunción ideológica enorme entre los mandos y la tropa, siendo el resultado final que entre la tropa la homosexualidad está tan aceptada como en la sociedad. Por ello, he tenido varios compañeros gais que vivían su sexualidad con naturalidad entre los compañeros pero oculta de cara a los mandos.

Como no podía ser de otra forma y pensando en el prestigio de la institución, lo que en ningún caso se tolera por parte de los altos mandos es que dicha sexualidad sea pública. Todos los que cometieron el error de significarse en los medios de comunicación fueron perseguidos de forma inmisericorde, como le sucedió al teniente coronel José María Sánchez Silva, al que un compañero le dejó una nota en la que se podía leer que la homosexualidad era peor que los cuatro jinetes del Apocalipsis juntos. La justicia militar pasó de puntillas por el asunto sin que lo considerase ni tan siquiera un falta leve, lo que abrió la puerta a que otros compañeros comparasen ser homosexual con el cáncer de próstata o le mostrasen su máximo desprecio por su condición sexual.
Un caso particular es el de María Pachón, la primera transexual en el Ejército, que califica su experiencia como muy positiva tras unos comienzos complicados, lo que se debe a su condición de soldado (desde mi punto de vista, claro). En las Fuerzas Armadas, debido al clasismo que impera, se considera normal que la tropa pueda tener vicios que bajo ningún concepto se tolerarían a un cuadro de mando, sobre todo, si este es oficial. Por otro lado, no es menos cierto que el Ejército del Aire es el de condición más liberal, lo que le genera bastantes reproches y desprecios por parte de los otros dos ejércitos (Tierra y la Armada). Es, en cualquier caso, un motivo de satisfacción que no haya sufrido persecuciones por su condición sexual.

No tuvo tanta suerte como María el sargento primero de infantería Domingo Díaz Real, que terminó denunciando «mobbing» o acoso laboral llegando a sufrir ansiedad e insomnio. El primer militar gay que se casó, el soldado sevillano Alberto Linero, no fue renovado por las Fuerzas Armadas, denunció su expulsión y, según él, se sintió presionado desde el gabinete del ministerio de Defensa para que no hiciera pública su boda, lo que extraña dado que entonces gobernaba un partido de izquierdas. Esas presiones y el desamparo que sintió, terminaron por hacerle sentir decepcionado y desencantado con el PSOE.
A Joan Miquel Perpinyà, guardia civil, le abrieron expediente tras expediente hasta que le expulsaron, todo porque era homosexual y miembro de la AUGC (Asociación Unificada de Guardias Civiles), con lo que tenía todos los defectos que un guardia civil no puede tener bajo ningún concepto: maricón y sindicalista.
Al repasar estos casos resulta palpable que salir del armario sale muy caro en las Fuerzas Armadas y que los que lo hacen son perseguidos o expulsados, como cualquiera que se oponga de una u otra forma al sistema. Lo que resulta incomprensible en el siglo XXI es que ser homosexual y vivir tu vida de forma normal suponga enfrentarte al sistema y ser triturado por la picadora de carne, lo que es bastante revelador de la necesidad de un cambio en la cúpula militar. Todo esto no sorprende si tenemos en cuenta que a día de hoy se está hostigando a aquellos que pulsan me gusta en determinadas páginas de Facebook o leen libros prohibidos (Un paso al frente), dinámica que termina por convertir el que se acose a un uniformado por su condición sexual en desesperantemente normal, con todo lo que ello conlleva.
En el armario de las Fuerzas Armadas todavía quedan muchos uniformes, más de los que muchos desearíamos, creo que ha llegado el momento de abrirlo…

Soy soldado,
soy homosexual

La presencia de militares gays en el Ejército sigue siendo un tema tabú. El apoyo mutuo y la valentía en un ambiente hostil se han convertido en sus únicas armas ante la beligerancia de algunos compañeros y la indiferencia de la institución.

CARLOS DEL CASTILLO
MADRID.- El próximo mes de septiembre se cumplirán 15 años desde que el teniente coronel José María Sánchez Silva anunciara su condición de homosexual en la portada de la revista Zero. Fue el primer soldado gay en dar un paso al frente. En los albores del nuevo siglo, Sánchez Silva denunció que las Fuerzas Armadas se habían democratizado, pero la equidad de derechos no había llegado hasta las soldados lesbianas y gays. “Seguimos en las catacumbas. Lo justo parece la discreción, pero eso nos lleva a renunciar a nuestros derechos, a sufrir en silencio”, afirmó el oficial del Ejército de Tierra. Aquellas declaraciones dinamitaron su brillante carrera militar. ¿Valió la pena?

Tres lustros después, la situación parece no haber cambiado demasiado. “No hay ninguna regla que no te permita decirlo, pero tú sabes que si lo dices puedes tener muchos problemas”, explica David Thovar, cabo retirado del Ejército de Tierra. Efectivamente, en las Fuerzas Armadas nunca ha existido una ley como la ya abolida Don’t ask, don’t tell (no lo preguntes, no lo cuentes) que obligaba a los soldados estadounidenses a guardar silencio sobre su orientación sexual si ésta difería de la heterosexual. Pese a ello y como denunció Sánchez Silva, el silencio sigue imperando.

David Thovar entró en el Ejército en 1997. Desde la profesionalización de las Fuerzas Armadas es inútil preguntar a un soldado los motivos que le llevaron a enrolarse. “Vocación” se cuela siempre en la respuesta. También en la de David, pese a que era consciente de que tendría que mantener en secreto una parte de sí mismo. “Tampoco había visto noticias de que hubiera casos crueles o de discriminación. Yo pensaba: si no me gusta, no renuevo y ya está. Pero iba en la sangre e iba renovando”.

Camaradas, enemigos

“Una vez vi como un soldado salía de la formación diciendo: A mí no me manda una mujer, y menos lesbiana. Salió de la formación y se largó. Pidió la baja psicológica, pero yo creo que fue para protegerse del marrón que le iba a caer”, relata David, que pertenecía al regimiento de Infantería Castilla nº16, acuartelado en Badajoz. Muy pronto descubrió que su principal problema en el Ejército serían algunos de sus compañeros, que se mostraban abiertamente hostiles con la homosexualidad ante la pasividad de sus superiores. Cargaban sus armas con años de prejuicios e intransigencia. 
“Intenté mantener la discreción en un principio”, confiesa. “Yo me tenía que mover ocultando mi tendencia para que primero me conocieran como persona. Si no, no hacían ni por conocerme”. En ocasiones, el único obstáculo era la propia ignorancia: “Luego, cuando se enteraban, muchos se llevaban una grata sorpresa. Su ideal era que ser gay es lo peor. Por eso algunos, al haberme conocido primero como persona, se preguntaban cómo podía ser posible”.

David caminó con pies de plomo mientras le fue posible. Un día, una de las pocas personas que conocían su condición sexual se lo dijo a otro compañero. A las pocas horas, era vox populi en toda la base y su estrategia se derrumbó. “Al día siguiente… Solo por las miradas lo tenías todo”. “Todo mi sistema era intentar que me conocieran por mis aptitudes, por mi trabajo. Claro que me arrepentí de haberlo dicho. Me vino todo eso de golpe”, se lamenta.




Guerra de trincheras

Al cabo del Regimiento Castilla nº16 no le quedó sino cavar su trinchera y empezar una batalla desde ella. Enfrentaba los comentarios de unos, la beligerancia de otros y la indiferencia ante ello por parte de muchos de sus mandos. Poco a poco, sus allegados se fueron uniendo a él hasta crear un pequeño espacio seguro, donde eran pocos los ataques y los que llegaban no quedaban sin respuesta. “Era el bichito raro. El maricón. Yo me decía: date cuenta de que eres pionero“.

Pero David no era, ni mucho menos, el único homosexual de su base. Su lucha llamó la atención y lo convirtió en un ejemplo. “Todos aquellos con dudas me veían como una referencia, como un punto de apoyo. Querían saber cómo salir y ser capaces de enfrentarse a todo eso, cómo ser tú mismo. Otras veces solo era permanecer juntos, soportar las críticas y apoyarse para que dé igual lo que digan”, narra el cabo. El Ejército como institución no movería un dedo por ellos, pero no importaba: “Todo era entre nosotros. ¿Quién te iba a apoyar si no?”.

La seguridad que ofrecía aquella trinchera reforzó el valor de algunos de sus camaradas, que se atrevieron a salir del armario. No querían seguir negándose a sí mismos. “Al haber abierto esa brecha los demás tuvieron más facilidad para salir. Las vivencias eran diferentes, era más fácil sentirse liberado y a gusto. También muchas mujeres. De hecho, considero que hay un mayor número de lesbianas liberadas en el Ejército que de gays liberados”, opina David.

“Pero si te sale mal…”

David explica que en el Ejército, en muchas ocasiones, la condición de homosexual supone un peso mayor para los hombres que para las mujeres. En un mundo tan competitivo “nadie quiere quedar por debajo del maricón”. Rocío, lesbiana y militar en activo, coincide con él: el propio machismo imperante en el cuerpo hace que las mujeres homosexuales “estén mejor miradas”, aunque ella no disfruta de esa supuesta ventaja.
“Lo pasas mal porque vives una doble vida. Cuando te vas de vacaciones, mientes. Cuando te coges un día libre, mientes. Cuando te preguntan dónde has estado y qué has hecho, mientes”
Rocío pide que no se revele a qué unidad pertenece. Ni a qué cuerpo de las Fuerzas Armadas. “Ni siquiera la ciudad”, insiste la militar, que utiliza un nombre falso para relatar su experiencia a este medio. La pareja mantiene su relación “totalmente en secreto, porque ella es un mando”. No temen la reacción de sus compañeros, sino la de “los mandos de ella. Al ser oficial estaría peor mirada solo por eso. El machismo es muy grande”.

Rocío reconoce que “es duro”. “Tienes amigos dentro y no se lo puedes contar. Lo pasas mal porque vives una doble vida. Cuando te vas de vacaciones, mientes. Cuando te coges un día libre, mientes. Cuando te preguntan dónde has estado y qué has hecho, mientes. ¡Y claro, hay gente que te pilla las mentiras!”, se ríe Rocío un momento antes de volver a la gravedad: “Mientes tanto que ya no sabes ni dónde está la verdad”. Admite que “sería una liberación muy grande” dejar de mentir, pero de momento supone un demasiado riesgo para ellas. “Te puede salir bien. Pero si te sale mal acabas en la calle”.

“Nunca hay batallas perdidas”

Rocío es militar en uno de los ambientes más exigentes del ramillete de destinos donde pueden desarrollar su labor los miembros de las Fuerzas Armadas. El contexto de Daniel Galán, cabo destinado en la Academia de Artillería de Segovia, es diferente. Lleva 15 años en activo y jamás escondió su tendencia sexual, lo que “hasta el día de hoy” no le ha supuesto ningún problema.

Daniel ha participado incluso en programas de televisión, en los que ha explicado su experiencia como soldado gay. Como David, su valentía para salir del armario hizo que algunos compañeros le pidieran consejo sobre la mejor manera de hacerlo. No obstante, su voluntad de normalizar la presencia de gays y lesbianas en el Ejército no ha contado con ningún movimiento institucional para apoyarle. “El Ejército es muy cerrado en este tema. Le está costando adaptarse a ciertas cosas. Y eso que hay bastantes [soldados homosexuales en sus filas]”.

“¿Que qué se podría hacer para derribar esa cerrazón? … ¡Uf! A lo mejor charlas, porque no se habla nunca de ello, para que los compañeros vean que esto es lo más normal. Estamos en el siglo XXI”, expone el cabo Galán, que tiene claro que por el momento los soldados tendrán que luchar solos contra la homofobia: “El tiempo es el que marcará la evolución. El mundo del Ejército por desgracia va a necesitar más años que la sociedad, no va a cambiar en un par de años”. Antes de concluir su conversación con Público, deja un mensaje. “Nunca hay batallas perdidas”.

Publicado por saltimbanquiclicclic

Tres novelas publicadas, fotografía, pintura, artículos periodísticos, actualidad....

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